‘GTA’ fue Estados Unidos y ‘The Last of Us’ es Corea del Norte

Los videojuegos apuntan a la fragilidad de la democracia liberal y sugieren nuestra mansedumbre ante el despotismo.

Habitamos en los videojuegos. No todos, pero muchos de nosotros. Son el más allá en un mundo en el que el más allá ha desaparecido; la única otra vida de cuya existencia tenemos certeza. Son nuestra posibilidad cierta de trascender a nuestra carne y vivir según otras reglas, a menudo en otra piel. Y dan, como decía el periodista de The Guardian Simon Parkin, justamente lo que prometen: “La verosimilitud de un juego no se sustenta en la imprevisibilidad de nuestro mundo, donde los que más se esfuerzan no son siempre los que triunfan; la mayor parte de los juegos tratan al jugador con justicia inquebrantable (y cuando no es así, suele considerarse un fallo de programación). El juego le ofrece al jugador un arreglo justo: ‘Si me entregas tu tiempo y energía, triunfarás en la medida que lo hagas’, dice. ‘Esfuérzate y la victoria será tuya. Alcanzarás la gloria’”. La gloria asequible.

Son, en tal sentido, una realidad mística y material a la vez, y la promesa cumplida de un mundo justo. Tal vez, duro y muchas veces inmisericorde, pero justo, porque se atiene a las reglas que propone sin excepción. No siempre nos regala una vida extra, pero en las contadas ocasiones en que no ofrece prórroga, condenándote a dejar de ser, nunca lo hace a traición. Algo de lo que no pueden presumir las religiones abrahámicas que han conquistado el planeta con sus fantasiosos juramentos de mal pagador.

Asumimos el régimen de gobierno digital del videojuego con igual alegría sea este un proveedor de generosas libertades en las playas de Santa Monica (GTA V) o el administrador de un despotismo insobornable en las de Santa Barbara (The Last of Us II). En ellos, experimentamos placer con idéntico ánimo en la rigidez de su predictibilidad y en el capricho de sus algoritmos aleatorios. Y sabemos vivir sumergidos en el albedrío horizontal que nos disponen y en el autoritarismo vertical con que nos dirigen.

En el videojuego sabemos ser hombres libres o súbditos, lo que toque. Así que, educados como estamos para ser felices en los distintos regímenes del videojuego, no hay ninguna certeza de que vayamos a rebelarnos, siquiera a protestar, si un día se desmoronan las libertades, si la democracia cede ante el autoritarismo. The Last of Us II, obra magna que despide por todo lo alto a una generación de videoconsolas, es una propuesta con mordaza y grilletes, y la prueba de tal disposición.

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